Abul-Hassan Alí Ibn Nafi nació en Mesopotamia en el año 789, fue llamado Ziryab porque tenía una tez oscura y una hermosa voz que recordaba a un pájaro cantarín con ese nombre (el mirlo).
Se cuenta que tuvo que huir de Bagdad amenazado por su maestro al interpretar ante el Califa de aquella ciudad un repertorio musical que se salió de toda enseñanza de su instructor, con un laúd que él mismo había diseñado (al añadirle una quinta cuerda) y que por miedo a que lo suplantase como músico del gobernante le dio a escoger entre la muerte o el destierro a algún lugar lejano. Evidentemente Ziryab optó por esto segundo, escribiendo al emir al-Hakan I que lo acogiese en su corte, algo que hizo inmediatamente el emir porque había oído hablar de él.
Llegó a Córdoba cuando tenía unos treinta y tres años y tuvo que esperar para entrar en la corte Omeya a que el nuevo emir, Abd al-Rahman II, renovara la invitación de su padre, ya que éste falleció durante el viaje de Ziryab a Córdoba. Pronto tuvo que conectar el artista con el gobernante ya que compartían devoción tanto por los libros, la música, la comida, la bebida y el amor por las mujeres.
Ziryab ya no quiso nunca abandonar esta ciudad que lo hizo suyo y, en agradecimiento, el artista trajo a Córdoba una música que aún sigue viviendo en las nubas de los cantores marroquíes y en algunas modulaciones y desgarros de nuestro flamenco actual. Pero no sólo trajo su arte, también usos y costumbres en la vida cotidiana que hizo que se refinara la corte del Califa; muchas de esas enseñanzas aún perduran en las costumbres diarias de los europeos.
Fue un reputado gastrónomo que revolucionó la cocina andalusí: introdujo los espárragos, las albóndigas y el escabeche aderezado con vinagre y especias. Estableció el protocolo y el orden a la hora de servir los alimentos en la mesa: para degustar el vino eran más apropiados los vasos de cristal transparentes que las pesadas copas de oro y los platos de un banquete no debían servirse sin un orden preestablecido, así se debía comenzar con las sopas y los entremeses, seguía con los pescados y luego con las carnes, concluyendo con los dulces como postre, deleitándose con diminutas copas de licor. Para ayudarse en la mesa, introdujo la cuchara.
También dio pautas a la hora de vestir, así en los meses más calurosos, entre mayo y septiembre, se debía usar tejidos blancos, dejando los oscuros y las capas de pieles para los meses de invierno. Reprobó el peinado bárbaro de los andaluces, sugiriendo dejarse el pelo tan corto que descubriera los pómulos y la frente, y a pulirse las uñas y usar cremas que limpiaran y suavizaran la piel.
Con él vino el ajedrez así como algunas costumbres y supersticiones persas que aún perduran en nuestra sociedad: el juego del polo, el temor a los antojos de las embarazadas, el que los niños que juegan con fuego se orinan en la cama, que comer rabos de pasa es bueno para la memoria, el miedo a los espejos rotos y al número trece.
El músico Ziryab murió en el año 857 en Córdoba, que sin haber nacido en ella, la amó como el mejor de los cordobeses, dejando aquí su herencia que llega hasta nuestros días y que la convierten en patrimonio de nuestra ciudad.
Por Antonio J. Saavedra Serrano.
Revista Aires de Córdoba nº 135









